Psicología infanto-juvenil
En niños y adolescentes, la ansiedad no siempre se expresa diciendo que están preocupados. Puede aparecer a través de miedos, irritabilidad, necesidad de evitar determinadas situaciones, molestias físicas, dificultades para dormir o cambios en el comportamiento.
La intervención se adapta a la edad y al desarrollo del niño o adolescente, ofreciendo un espacio en el que pueda expresar lo que está viviendo y comprender mejor sus emociones y preocupaciones. Cuando es necesario, también se trabaja con la familia para comprender qué está ocurriendo en el entorno y favorecer recursos que ayuden al niño a afrontar aquellas situaciones que le resultan difíciles.
Un niño o adolescente puede atravesar etapas de tristeza, irritabilidad, desmotivación, aislamiento o pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba. Estas señales pueden tener diferentes causas y es importante comprender qué está ocurriendo antes de determinar cómo intervenir.
La terapia ofrece un espacio adaptado a su edad para explorar y expresar lo que está pasando, teniendo en cuenta tanto sus características como las circunstancias familiares, escolares y sociales que puedan estar influyendo. A partir de ahí, se pueden desarrollar recursos emocionales y estrategias que ayuden a afrontar las dificultades cuando sea posible.
Los cambios familiares, escolares o personales pueden resultar especialmente difíciles durante la infancia y la adolescencia. Una separación, un cambio de colegio, una mudanza, conflictos familiares u otras situaciones pueden generar cambios emocionales o conductuales.
El acompañamiento psicológico busca comprender cómo está viviendo el niño o adolescente esa situación, facilitar que pueda expresar lo que le ocurre y tener en cuenta también aquello que sucede a su alrededor. Se pueden trabajar recursos de afrontamiento y adaptación, así como acompañar a la familia en aquellos cambios que puedan favorecer el proceso.
Los niños y adolescentes también atraviesan procesos de duelo, aunque no siempre expresan la tristeza o el impacto de una pérdida de la misma manera que los adultos. Pueden aparecer cambios en el comportamiento, dificultades escolares, irritabilidad o una mayor necesidad de apoyo.
La intervención se adapta a su edad y forma de comprender el mundo, ayudándoles a entender lo sucedido y expresar sus emociones. También se tiene en cuenta cómo ha cambiado su entorno y se acompaña tanto al menor como a la familia en los cambios que produce la pérdida, respetando la manera y el tiempo que cada niño necesita para elaborar lo ocurrido.
Las rabietas, la oposición, la impulsividad, las discusiones frecuentes o las dificultades para seguir determinadas normas pueden ser una forma de expresar necesidades o emociones que todavía no saben gestionar o comunicar.
La intervención busca comprender qué puede estar detrás de estas conductas, escuchando tanto al niño como a las personas que forman parte de su entorno. Se pueden enseñar alternativas para expresar y regular las emociones y proporcionar a las familias estrategias para el día a día, teniendo en cuenta que la conducta también puede estar relacionada con las circunstancias y necesidades del niño.
La autonomía se construye progresivamente a través de los aprendizajes y experiencias cotidianas. Algunas dificultades pueden aparecer en las rutinas, el autocuidado, la organización, las responsabilidades, el sueño o la realización de determinadas actividades sin la ayuda constante de un adulto.
La intervención permite comprender qué está dificultando el desarrollo de la autonomía y qué necesita el niño o adolescente para avanzar. Se trabajan habilidades ajustadas a su edad y necesidades, acompañando tanto al menor como a la familia y teniendo en cuenta las características y circunstancias que pueden facilitar o dificultar estos aprendizajes.
Metodología
- Intervención individualizada y adaptada a cada caso
- Sesiones individuales presenciales
- Materiales personalizados y específicos
- Trabajo coordinado y multidisciplinar con familias y centros educativos